El Sol sale todos los días

 

En Puerto Rico, la electricidad se ha convertido en un ejercicio de resistencia. Las tarifas suben de forma inexorable, el servicio sigue siendo inestable y la fragilidad del sistema se evidencia con cada tormenta, cada avería y cada apagón. Bajo el modelo actual, el ciudadano no solo paga más, sino que recibe menos. Ante ese escenario, la respuesta natural —lógica, casi instintiva— ha sido buscar independencia. Producir su propia energía.

 

La única alternativa real para miles de hogares ha sido el sol. No por moda, no por romanticismo ecológico, sino por supervivencia. Porque cuando el sistema no garantiza continuidad, el ciudadano se protege. Porque cuando la factura se dispara, la gente busca soluciones. Porque cuando la red colapsa, la autogeneración deja de ser lujo y se convierte en necesidad.

 

Sin embargo, en vez de facilitar este camino, el gobierno parece decidido a obstaculizarlo. La intención de imponer impuestos a paneles solares y baterías es, en el mejor de los casos, un error estratégico; en el peor, una atrocidad.

 

En casi todo el mundo civilizado, la energía renovable se subsidia. Aquí se pretende gravarla.

 

El contrasentido es evidente. El sol sale todos los días desde que la Tierra existe. Es gratuito, inagotable, local y limpio. A diferencia de muchos otros países, la isla goza de una sola estación al año con sol. Penalizar al ciudadano que invierte de su bolsillo para aliviar la carga del sistema eléctrico es como cobrarle peaje a quien lleva agua a un incendio. No tiene lógica técnica, económica ni ética.

 

Más aún, en lugar de poner trabas, el gobierno debería estar promoviendo agresivamente la medición neta real, comprando el excedente de energía a precios justos, incentivando baterías comunitarias y creando microrredes. El ciudadano con paneles no es un enemigo del sistema. Es un aliado. Cada kilovatio que produce en su techo es uno menos que la red tiene que generar, transmitir y sostener.

 

Puerto Rico, por su geografía, es un paraíso energético. Sol abundante, viento constante en zonas costeras y montañosas, y una infraestructura hidroeléctrica que alguna vez existió y hoy yace abandonada. No deberíamos importar casi nada de energía. Aun así, dependemos de combustibles fósiles, gas natural, contratos externos y operadores que no sufren en carne propia los apagones que aquí son rutina. La ganancia de otros y no del que sufre.

 

Cuando se castiga la autosuficiencia, el mensaje es claro: “no queremos que te liberes del sistema, queremos que dependas de él”. Eso no es política pública responsable. Eso es control. Es psicología de escasez institucional. Es ver al ciudadano que resuelve como una amenaza, no como un logro.

 

La energía renovable debería ser tratada como infraestructura crítica nacional. Incentivada, protegida, facilitada. No gravada. Porque cada hogar que se hace autosuficiente es un hogar más resiliente ante huracanes, ante crisis, ante el colapso. Eso, en un país vulnerable como el nuestro, es seguridad nacional.

 

El sol sale todos los días. La pregunta no es si podemos aprovecharlo. La pregunta es por qué, teniendo esa bendición, insistimos en castigarnos.

 

*El autor es cirujano, catedrático y escritor.

 

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