21 de junio de 2026

Papi

El Cielo

 

Hola, Papi:

Hoy, 21 de junio y solsticio de verano, el sol se detiene en lo más alto y el mundo celebra a los padres. Yo me detengo a celebrarte a ti.

Durante ochenta y nueve años seguidos sentí tu cariño, hasta que tomaste el camino del cielo para volver a los brazos de Mami. Hoy que también soy padre, comprendo el peso de cada promesa que cargaste por mí, por mis hermanos y por ella; y comprendo que las cumpliste todas.

De bebé me mecías en tus brazos. Me compraste un caballito para brincar y colgaste columpios, y te quedabas detrás, con las manos abiertas, vigilando que el mundo nunca me dejara caer.

Sostuviste mi educación con tu trabajo, a veces hasta las cuatro de la madrugada, y esa educación terminó siendo buena para mí, para mi tierra y para todos los niños que después pasaron por mis manos en el quirófano. 

No pude estudiar medicina en Harvard como soñaba, ni entrenar cirugía pediátrica en Washington aunque me aceptaron, porque te habría arruinado y detrás de mí venían dos hermanos que también te necesitaban. Aun así, jamás sentí que me faltara nada.

Me enseñaste a mezclar cemento, a clavar, a usar el taladro como el ingeniero que eras. Siempre estuviste cuando se trataba de un libro. La casa entera se fue llenando de ellos desde el día en que leí La Hojarasca, de García Márquez.

Cuidaste de Mami, de tus hermanos, de tu madre y de Fofa, tu hermana del alma, mientras sostenías dos empleos. De ocho a cuatro de la tarde, y de cuatro de la tarde hasta las cuatro de la madrugada. Tal vez por esas noches tuyas sin dormir, mis guardias de cirujano nunca me parecieron pesadas.

Perdiste a Mami diecinueve años antes de irte a buscarla, y nunca te volviste a casar, porque ella fue siempre tu novia. Te volviste loco de alegría cuando nacieron nuestros cuatro hijos, y los paseabas en tu carretilla de trabajo. Todavía aman a ese Abu que siempre estuvo ahí.

Cuando el glaucoma te dejó sin vista, nosotros nos hicimos tus ojos y te cuidamos en casa. Tu humor nunca se apagó. Con tu ingenio le robabas la risa a la oscuridad para que no notáramos tu desesperación.

Hoy, nueve años después de tu partida, todavía miro tus cenizas en mi apartamento y lo recuerdo todo. Te la comiste como padre. Nos enseñaste a no mentir, a no engañar, a decir siempre la verdad. Por eso abuela Provi te llamaba 'Cinta Métrica'. Recto, exacto, imposible de torcer.

No estoy triste. ¿Cómo estarlo, si me tocó el mejor padre del mundo? Cada Padre Nuestro que rezo por mi familia y mis pacientes te lleva dentro. He sido inmensamente afortunado de tenerlos a los dos.

Que Dios y Mami estén siempre a tu lado.

Tu primer hijo,

—Tito Lugo MD

 

*El autor es cirujano pediátrico, catedrático y escritor.

Comentarios

  1. Qué hermosas palabras que emanan del alma de un hijo agradecido hacia un padre amado… Muchas felicidades y bendiciones doctor… ❤️🙏🌺

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