Sonrisa Lánguida

 

Anhelar que viva de nuevo y resucite entre fallecidos, se resguarda apacible en la penumbra de mi cabalística mente y pesa como un yunque de platero. Hace que vuele en un hálito de luz el pensamiento de que nunca habría muerto. Cuantos asuntos le hubiera contado desde mis mininos años de párvulo.

Decidido a cruzar el semáforo de la pesada avenida habitual, el tráfico me mantuvo en vela parturienta al siguiente cambio de luz. Sumido en la música que emanaba dentro del hermético silencio del coche en que viajaba, no me daba cuenta que una mendiga, estrenando aquellos lares, pedía que le depositaran unas migajas de escarcha monetaria en su vacía lata. Con el breve roce de nuestras miradas pude notar una sonrisa lánguida en su desgastado semblante. Su piel curtida por el sol de mediodía, su lívido cutis, ojos furtivos, pequeños y hundidos como cueva de crustáceo estremecían al más impío de nosotros.  Me lanzó una sonrisa minusválida de que muchos años antes nos habíamos conocido. Daba fe de haber vivido aquel rostro demacrado e infalible por la vejez y sequedad de la intemperie. Había en aquella sonrisa toda una histórica infancia paupérrima que no rememoraba, pero de algún modo simplista reconocía en fragmentos.

Con el cambio de luz y la necesidad de vivir un paso adelante que mi aledaño vecino pise el acelerador olvidando dar la propina que exigía a duras penas aquella limosnera. No empece al furor con que vivía, aquel rostro permanecía en mi recuerdo, como un mar de olas inquietas que vienen y van. Nuestra familiaridad me era conocida de alguna etapa recóndita de mi vida pasada.

Por cuarenta y otros tantos años mi abuela me había criado. La mitad del tiempo lo hizo ella por mí, la otra mitad lo hice yo por ella. Mi madre se había separado de mi vida como arrancada de raíz cuando apenas cumplía cinco años de rapazuelo. Su recuerdo masajeaba mi corteza gris supratentorial en pequeñas escalas de impulsos pasajeros. Un mimo, una sonrisa sorprendente parecida a la de la vieja limosnera, que junto a unas vueltas de columpio en su antigua mecedora manifestaban algunos encantos pasados que no encajaban en el rompe cabeza de mi vida.

Dos años después de procrear a mi hermano menor Luis, mi madre desapareció de la casa. Los médicos sugirieron sicosis posparto agravada, algo que todavía con algunos años de estudio no entiendo bien. Su madre, mi abuela de crianza, se tomó la virtud única de encaminar la vida del pequeño Luis junto a la mía. Mi padre también se tomó la libertad de desaparecer ante la presencia de un hogar ñoco. Su aportación espermática contribuyó a la genética fenotípica de estos dos huérfanos.

En el transcurso diario de mi trabajo pasaba por la misma avenida infectada de miseria. Se turnaban desamparadamente  las cuatro esquinas y hasta existía un código de honor en cuanto a que sitio y por cuanto tiempo le tocaba a cada uno de aquellos harapos. Sin sonar mezquino, recuerdo en especial un pringoso deambulante que tenía un mensaje comercial colgando de su cuello que leía "Me muero de SIDA, por favor ayúdame", como pronosticando que una enfermedad, antes incurable ahora crónica, fuera el traste de suerte de su vida. Otro estaba lleno de llagas en sus piernas la cual exponía con vehemencia estratega para colmar el sentido de comparecencia y humildad de sus clientes diarios. Fue con este último con quien tuve un altercado rocambolesco. Resulta que saliendo de mi oficina, un chango decidió aterrizar en el bonete del auto, con la mala suerte que su cuerpo se atoró en el abismo carrocero del parabrisas. Moviendo el parabrisas para azuzar la impertinente criatura resultó peor, cuando su cuerpo maltrecho decide adentrase más en su abismo. En la próxima luz mi suerte se vio blanca con el cambio de luz y la aproximación del redituable mendigo llagoso. Le dije, mientras sujetaba el premio entre mi índice y pulgar, que lo recompensaba con una moneda a cambio que moviera el ave atorada. Con sorprendente rapidez de piernas y manos sanas tomó el avechucho estropeado por un ala, lo lanzó y concomitantemente soltó un alarido al este estrellarse contra el parapeto.

—Es un pájaro negro de mal agüero!, —exclamó sin mover manos y ojos de su recompensa contractual. Raudamente tomó la moneda y se persignó como entendiendo que tal maleficio estaba seguido de varios años corridos de mala suerte, Peor que una condena por homicidio involuntario.

Me sentía como un asesino en serie. El evento ominoso me dio mala espina. Me subió el pulso, la presión, sentí frío, seguidos de una manifestación sorprendente de que en algún momento de esos años que comenzaban justo ahora me daría un infarto masivo y quedaría vedado como el atosigado animal. Mis alas quedarían amputadas del mundo actual. Mi cuerpo se convertiría en manjar para los comensales salubristas.

No paso nada con el ir y venir del tiempo. Los letrados celestes me libraron de una paliza terrestre. Removieron el yugo de mi consciencia culpable liberándome de todo mal. La vida seguía igual.

El resquemor que producía la imagen viva de la antigua vieja mendiga estrujaba mi insomnio. Latía en mi mente como si la cabeza tuviera corazón. Tenía que ocurrir otro encuentro furtivo aunque esto me costara varias monedas adicionales. Necesitaba saber si la enigmática mirada de aquella vieja deambulante mantenía lazos de amor con mi compungido espíritu. Si su áurea de inválida reconocía al pequeño hijo perdido a su haber. Cada tarde de regreso de mi quehacer diario miraba la comprometedora avenida en búsqueda de aquella lánguida sonrisa. Era inútil, el tiempo pasaba como un invaluable carruaje de virtud solitaria.

Ciento-ochenta días-dos horas-quince minutos con unas centésimas de segundo después ocurrió el tan esperado encuentro. Sin ánimo de ofender al transigente, se me acercó la invaluable imagen de ella. Cargaba un cuerpo demacrado y marásmico casi salido de un campo de concentración nazi con una mirada inútil de haber perdido la esperanza de vida. Su lata permanecía vacía, no así su corazón de rosa blanca. Sigilosamente se me acercó y sin que mi mente tuviera tiempo de actuar su sonrisa se inusitó seguido de algo adicional que me musitó al oído:

—Cuida mucho a Luis —, dijo como una advertencia de madre única desde su espacio termal en la calle. Luego prosiguió su pasta hasta el siguiente auto compasivo. Su caminar había cambiado. La lentitud de la vida presentían que iban a ser escasas las posibilidades de volverla ver. No me habría equivocado. Nuevamente, no tuvo tiempo de tomar la limosna que le propinaba en intercambio de su sonrisa enigmática y segura.

—Luis?, —pensé en voz alta a medida que avanzaba por la transitada avenida. Se habrá referido a mi hermano menor Luis?... —la intriga me sobresaltó.

Que otro Luis existía en mi vida?, —divague mentalmente. No había respuesta.

Pero como sabia mi mendiga que había un hermano menor? —era otra duda que no lograba anidar respuesta. Un acertijo adicional.

Habían pasado varias semanas de confusión ante tal cautela de aquella vagabunda. Necesitaba otro encuentro menos lacónico que despejara dudas. Pero de alguna forma incierta había desaparecido de mi ambiente de terreno. Mi abuela no encontraba respuestas a mis preguntas seguidas de insinuaciones sobre el paradero de mi madre. Era un asunto familiar olvidado y trasquilado. Las respuestas escaseaban. 

Pasado el tiempo inexorable cierto día el mendigo de turno me advirtió que la pobre vieja había aparecido yerta debajo de su improvisada cama de cartón en el soterrado puente vecino. Su cuerpo estaba destinado a la morgue municipal en espera de cremación a menos que se avistaran parientes reclamantes. Algo que fuera de lo común, tachaba de ridículo. Era tarde y en cenizas se había convertido.

De haberlo sabido, mi impulso de guácharo maternal, hubiera comprendido proveerle sacra sepultura al cadáver de mi querida madre perdida. La vida ya no era la misma, se había escapado, — se había exhumado en el óleo de un cuadro que nunca iba a pintarse.

* * *

TitoLugomd©Escrito Noviembre 11, 2002…

 

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