Cincuenta años cuidando a nuestros niños

   


Hubo un tiempo en que un niño de Puerto Rico que necesitaba una operación delicada tenía que coger un avión. 

La cirugía existía, pero estaba lejos, y las familias viajaban con el corazón en la mano para entregar a su hijo en manos extranjeras. 

Este año, el Hospital Pediátrico Universitario (HoPU) Dr. Antonio Ortiz cumple cincuenta años, y vale la pena contar cómo dejamos atrás aquel tiempo.

Todo nació del sueño de tres pediatras puertorriqueños —José Sifontes, Alma Cajigas y Antonio Ortiz— reunir bajo un mismo techo todo lo que un niño enfermo pudiera necesitar. 

El hospital abrió en 1976 y, en 1982, la UPR Recinto de Ciencias Médicas (RCM) lo convirtió en el primer centro donde, además de curar, se enseña a los futuros médicos del país.

La cirugía de niños no llegó por decreto, sino de mano en mano. 

El doctor Enrique Márquez Grau operó, ya en los años setenta, el primer corazón abierto de un niño en la isla. 

El doctor Pedro Rosselló González regresó de Boston con técnicas que aquí nadie hacía. Junto a ellos, el doctor Víctor Ortiz Justiniano —que dirigiría la primera separación de siamesas de nuestra historia —formaron aquella primera generación (1976-1985).

En 1985 se otorgó el primer diploma de cirujano pediátrico por el RCM y formado por completo en Puerto Rico, que me tocó recibir. Ese mismo año se sumaron el doctor Iván Figueroa Otero —que años después dejaría el bisturí por la medicina holística— y la doctora Teresita Avilés. Después vinieron los doctores Aurelio Segundo y Javier Rivera Pedrogo, ambos entrenados en la isla. En 1996, cuando se exigió formación de Estados Unidos o Canadá, abrimos un puente con Canadá por el que se formó, en 2014, el doctor Jorge Zequeira, y tras él los doctores Carlos Sánchez —hoy en Estados Unidos—, Anwar Abdul-Hadi y Carlos Álvarez. La cadena no se rompió; se alargó.

Cuando me preguntan qué aporté yo, respondo tres cosas. 

La primera, sencilla y agotadora fue operar más de seiscientos niños al año durante muchos años. 

La segunda, las salas de operaciones del HoPU. No las construí con las manos, sino con cartas y artículos en la prensa de este rotativo, hasta lograr que el gobernador en turno y pasado mentor doctor Rosselló las comenzara a construir en el 1998. 

Se inauguraron en 2002, con la gobernadora Sila María Calderón, y llevan el nombre de mi maestro, Quirófano Enrique Márquez Grau. 

La tercera, haber traído a los niños de la isla la cirugía de acceso mínimo; la laparoscopía. En 1994 hicimos la primera operación de vesícula por esa vía en un niño en el HoPU, y de ahí siguió una cadena de primeras veces —apendicitis, bazo, reflujo, riñón, adrenal, esófago— que llegó hasta el presente.

Pero detrás de cada niño que sale caminando de allí hay enfermeras, personal de apoyo y familias que, en el peor día de su vida, nos confiaron lo más sagrado que tenían. A todos ellos les debe esta casa lo que es.

Cincuenta años después, el mar ya no se lleva a nuestros niños. Se quedan aquí, cerca de su gente.

Que este techo siga en pie otros cincuenta años, y que debajo de él siga creciendo, sano, cada niño de Puerto Rico.

*El autor es cirujano pediátrico, catedrático y escritor.

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