Hacer el bien no me convierte en comunista
En ciertos momentos de nuestra conversación pública, basta defender la solidaridad, la igualdad o la ayuda al necesitado para que alguien levante el dedo acusador y pronuncie una palabra que pretende terminar toda discusión. Comunista. La etiqueta no se utiliza para comprender una idea, sino para desacreditar a quien la expresa. Así, una propuesta que debería evaluarse por sus méritos queda condenada sin análisis.
Los médicos conocemos bien esa contradicción. Cuando asumimos los compromisos éticos tradicionalmente asociados con el Juramento Hipocrático, prometemos aliviar el sufrimiento, proteger la vida, respetar la dignidad humana y atender al enfermo sin discriminar por su riqueza, procedencia o posición social. En términos prácticos, ofrecemos nuestros conocimientos según nuestra capacidad y respondemos al paciente conforme a su necesidad. Algunos de estos principios también coinciden con preceptos defendidos por el pensamiento comunista.
Reconocer esa coincidencia no significa afirmar que el médico practica el comunismo ni que el Juramento Hipocrático sea un manifiesto político. Significa algo mucho más sencillo. Las ideologías pueden compartir determinados valores sin ser equivalentes. Valorar un precepto relacionado con el comunismo no convierte a nadie en comunista, como defender la libertad individual no transforma automáticamente a una persona en capitalista, libertaria o militante de un partido.
La solidaridad no pertenece exclusivamente a ninguna doctrina. También está presente en el cristianismo, el humanismo, la democracia social, los derechos humanos y las tradiciones comunitarias más antiguas. Dar de comer al hambriento, curar al enfermo o auxiliar al desamparado no debería requerir una credencial ideológica. Son actos de humanidad.
Sin embargo, vivimos bajo un discurso político que presenta diariamente el comunismo como una amenaza omnipresente. En una democracia como la nuestra, ese temor puede convertirse en un instrumento peligroso. Cuando el gobierno o sus dirigentes utilizan repetidamente el fantasma del comunismo para provocar miedo, terminan reduciendo el espacio para pensar, disentir y proponer soluciones colectivas. Ya no se discute si una medida ayuda al pueblo; se pregunta si puede ser etiquetada como comunista.
Ese mecanismo perjudica especialmente a quienes procuran hacer el bien que vinieron a hacer. Un médico que reclama acceso más justo a los servicios de salud, un maestro que defiende la educación pública o un ciudadano que exige protección para los más vulnerables puede ser tildado de comunista. La acusación sustituye el argumento y convierte la compasión en sospecha.
Toda democracia tiene derecho a examinar críticamente el comunismo, el capitalismo y cualquier otro sistema. Pero examinar no es aterrorizar. Una democracia madura no teme que sus ciudadanos conozcan diferentes ideas, reconozcan sus aciertos parciales y rechacen sus abusos. Por el contrario, confía en su capacidad para discernir.
No debemos permitir que una palabra nos robe la libertad de hacer el bien. Se puede rechazar el comunismo como sistema político y, al mismo tiempo, reconocer valor en algunos de sus preceptos sociales. Se puede defender la democracia y reclamar mayor justicia. Se puede creer en la iniciativa privada y atender al necesitado sin preguntarle cuánto puede pagar. La bondad no tiene partido, y la solidaridad no debe convertirse en evidencia de culpabilidad.
*El autor es cirujano pediátrico, catedrático y escritor.
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