La inteligencia artificial y la dignidad humana: Una coincidencia con Papa León XIV

 


Hace poco publiqué un artículo titulado La identidad humana en tiempos de IA, en el que reflexionaba sobre los peligros que representa la inteligencia artificial cuando se utiliza para reproducir nuestra imagen, nuestra voz o nuestras palabras sin autorización. Mi punto de partida fue una propuesta legislativa de Dinamarca destinada a proteger a las personas contra la utilización indebida de sus identidades digitales.

 

Al leer la reciente encíclica Magnifica Humanitas, publicada el 15 de mayo de 2026 por el papa León XIV, encontré una coincidencia que me llamó la atención. Desde perspectivas diferentes, ambos escritos plantean una preocupación común: ¿cómo proteger aquello que nos hace humanos frente a una tecnología capaz de imitar muchas de nuestras capacidades?

 

Naturalmente, no pretendo comparar la profundidad de una encíclica papal con la brevedad de un artículo periodístico. Mi escrito aborda un problema particular; el del Papa examina las consecuencias de la revolución tecnológica sobre la sociedad, la economía, el trabajo, la política y la propia condición humana. Pero precisamente por esa diferencia de alcance me parece interesante identificar los puntos donde nuestras reflexiones se encuentran.

 

En mi artículo formulé una pregunta que considero fundamental: ¿a quién le corresponde decidir cuándo y cómo se reproduce artificialmente nuestra identidad? Hoy es posible fabricar imágenes, vídeos y grabaciones de voz que presentan a una persona diciendo o haciendo cosas que jamás dijo ni hizo. El peligro no se limita a las figuras públicas. Cualquier ciudadano puede convertirse en protagonista involuntario de una falsificación capaz de destruir su reputación.

 

Papa León XIV aborda esta amenaza desde una perspectiva más amplia. En su encíclica insiste en que la dignidad humana no depende de nuestras capacidades técnicas ni puede reducirse a información procesable. La persona posee un valor que ninguna máquina puede sustituir. Para el Papa, ese valor encuentra su fundamento último en la concepción cristiana del ser humano. Mi planteamiento, sin recurrir a argumentos religiosos, llega a una exigencia semejante: nuestra identidad merece protección porque nos pertenece y porque su utilización indebida puede afectar nuestra libertad y dignidad.

Otro punto de encuentro es la verdad.

 

En mi escrito señalé que pronto será prácticamente imposible distinguir un vídeo fabricado mediante inteligencia artificial de una grabación auténtica. Hasta ahora confiábamos en ciertos defectos de las imágenes, en los movimientos de una cámara o en las imperfecciones de una voz como señales de autenticidad. Pero esos mismos defectos también podrán fabricarse. La mentira tendrá entonces una apariencia cada vez más convincente.

 

El Papa advierte sobre las consecuencias sociales de esta transformación. Cuando desaparece la confianza en lo que vemos y escuchamos, no solamente se perjudica a individuos particulares. También se debilitan el debate público, la convivencia democrática y nuestra capacidad colectiva para distinguir los hechos de las falsificaciones.

 

En ambos casos, el problema no es exclusivamente tecnológico. Es moral. La posibilidad de fabricar una mentira no justifica su fabricación.

 

La creatividad artística constituye otra dimensión de este debate. En mi artículo sostuve que una persona que inventa personajes, construye una trama, escoge un escenario y decide cómo contar una historia está realizando un trabajo creativo, aunque utilice herramientas digitales para desarrollar algunos pasajes. Lo mismo puede ocurrir en la pintura y otras artes.

 

Pero también advertí que dos obras visualmente idénticas no representan necesariamente el mismo esfuerzo, la misma intención ni la misma experiencia humana.

 

La encíclica invita a reflexionar sobre esa diferencia entre capacidad técnica y experiencia humana. Una máquina puede producir resultados extraordinarios, pero ello no significa que participe de nuestra conciencia, nuestras emociones o nuestra responsabilidad moral. 

La cuestión no consiste en negar el valor de las herramientas tecnológicas, sino en reconocer que la creación humana comprende algo más que el producto terminado.

 

Aquí encuentro una distinción importante. No toda obra realizada con inteligencia artificial carece de creatividad, como tampoco toda obra ejecutada manualmente posee valor artístico. Lo decisivo es reconocer la intervención humana, la intención del creador y la honestidad con que se presenta el resultado.

 

Existe, además, una preocupación que el Papa desarrolla con mayor amplitud y que merece nuestra atención: la concentración del poder tecnológico.

 

Las grandes empresas que desarrollan y controlan estos sistemas poseen recursos económicos y capacidades de influencia extraordinarios. Sus decisiones pueden afectar el trabajo, la educación, la información y hasta la manera en que las sociedades interpretan la realidad. Por eso, Papa León XIV insiste en la necesidad de responsabilidad, transparencia y mecanismos de regulación orientados al bien común.

 

La propuesta danesa que motivó mi artículo representa precisamente un intento de establecer límites concretos. No se trata de impedir la innovación ni de restringir indiscriminadamente la libertad de expresión, sino de evitar que el desarrollo tecnológico sirva de excusa para vulnerar los derechos de las personas.

 


Hay una diferencia entre nuestros enfoques que considero importante destacar. El Papa interpreta estos desafíos desde la doctrina social de la Iglesia y propone una civilización fundamentada en la solidaridad, la justicia y el amor al prójimo. Mi reflexión es esencialmente jurídica y cultural. No obstante, ambas perspectivas pueden encontrarse en un terreno común: la necesidad de que la tecnología permanezca al servicio del ser humano.

 

No creo que debamos temer a la inteligencia artificial por lo que es capaz de hacer. Sus posibilidades en la medicina, la investigación científica, la educación y las artes son extraordinarias. Sería absurdo renunciar a ellas. Lo que debemos cuestionar es quién decide cómo se utiliza, con qué propósito y bajo qué responsabilidades.

 

En mi artículo concluí que, con el tiempo, dejaremos de preguntarnos si algo parece auténtico. Tendremos que formular preguntas diferentes: ¿cómo se hizo?, ¿quién tomó las decisiones?, ¿había autorización para hacerlo?

 

Después de leer Magnifica Humanitas, añadiría una más: ¿contribuye lo que estamos haciendo a preservar la dignidad humana?

 

Quizás ahí resida la coincidencia más importante entre ambos escritos. El verdadero desafío de nuestra época no consiste en conseguir que las máquinas se parezcan cada vez más a nosotros, sino en evitar que, fascinados por sus capacidades, terminemos olvidando lo que significa ser humanos.

 

*Catedrático, Médico y escritor

 

Referencia: León XIV. Magnifica Humanitas. Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Vaticano, 15 de mayo de 2026.

 

 

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